sábado, 11 de abril de 2009

Misterio

Reconocía cada ruido nocturno de mi casa casi de memoria. Sabía cúando era mi madre la que se levantaba a hacer la acostumbrada vigilancia o simplemente a sacar al gato, o cuándo era mi padre. El quejumbroso y leve ruido del correr de la puerta de su dormitorio o de la del baño. la perilla de luz del velador o de la lámpara que colgaba del techo. el abrir y cerrar de la heladera sacando la botella de agua fría o los pasos lentos y pesados de ella con los ligeros y arrastrados de él.
Esa noche estba inquieta, un gato necesitaba mostrar su presa capturada a la familia y maullaba en el patio, las sirenas lejanas indicaban una persecusión algo peligrosa, algún vecino insomne escuchando música y una puta parada en una esquina, tapandose las piernas con un abrigo, tratando de que el frío no abrace lo que su pollera dejaba ver.
Me levanté de un movimiento casi automático para dirigirme a la ventana y espantar el maldito gato que se metía en mi entresueño. Con el mismo movimiento volví a la cama, miré el reloj que brillaba en la oscuridad. Las 4.24. Por los pocos pasos que se sintieron desde la habitacion de mis padres hasta el baño, tuve la certeza que se había levantado mi madre, pues ella duerme del lado izquierdo de la cama, próxima a la puerta del cuarto enfrentada a la del baño. No tardó demasiado, de un momento a otro estaba todo nuevamente en silencio. Las 4.45, y mis ojos cerrados, sin dormir, vislumbrando figuras informes que amenazaban con atacarme, palos de todos los tamaños y colores se unían y se separaban en una interminable danza, que terminaba por marearme y me obligaba a abrir los ojos para encontrarme con la reconfortante oscuridad.
Los palos desaparecían, pero le daban lugar a una niña, que me miraba con inocencia y picardía, sus manitos señalaban el suelo frío, sus pies descalzos estaban azulados, empezó a decirme que se le escaparían sus pajaritos mientras se sentaba y se tomaba los pies con desesperacion. Traté de tranquilizarla diciendole que lo que ella sostenía no eran pájaros sino sus piececitos. Mis manos acariciaban esos pieces fríos, llenos de hermosas plumas coloridas.


(continúa)


ya lo voy a continuar y a corregir... por ahora lo dejo asi, en suspenso. LADYBLUE*

viernes, 3 de abril de 2009

Dolor

Qusiera esta tarde divina de Octubre
Pasear por la orilla lejana del mar;

Y que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar.

Con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;

Ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear

Ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños, y no despertar;

pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;

Ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello; no desear amar...

Perder la mirada, distraídamente,
perderla, y que nunca la vuelva a encontar;

Y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.

Poema de Alfonsina Storni... que tan sólo me eleva, que tan sólo me identifica.

miércoles, 1 de abril de 2009

El juego de las escondidas

Cuentan que una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades de los hombres en un lugar de la tierra.
Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura (como siempre tan loca) les propuso:—vamos a jugar a las escondidas!!
La intriga levantó la ceja intrigada y la curiosidad sin poder contenerse preguntó:—a las escondidas? Cómo es eso?
—es un juego— explicó la locura— en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden, cuando yo haya terminado de contar, el primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar con el juego.
El entusiasmo bailó secundado por la euforia. La alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda e incluso a la apatía a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar: la verdad prefirió no esconderse, ¿para qué? Si al final siempre la encontraban. La soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no haya sido de ella) y la cobardía prefirió no arriesgarse.
—uno, dos, tres…— comenzó a contar la locura.
La primera en esconderse fue la pereza, que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino. La fe subió al cielo y la envidia se escondió tras la sombra del triunfo que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La generosidad casi no lograba esconderse, pues cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para uno de sus amigos; que si era un lago cristalino, ideal para la belleza; que si era la hendija de un árbol, perfecto para la timidez; que si era el vuelo de una mariposa, lo mejor para la voluptuosidad; que si era una ráfaga de viento, magnífico para la libertad. Así terminó por esconderse en un rayito de sol. El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno, ventilado y cómodo, pero sólo ara él.
La mentira se escondió en el fondo del océano (mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris). Y la pasión y el deseo en el centro de los volcanes. El olvido, no recuerdo dónde se escondió… pero eso no el lo importante. Cuando la locura contaba ya por el número 999.999 el amor aún no había encontrado sitio para esconderse. Pues todo se encontraba ocupado. Hasta que divisó un rosal, y enternecido decidió esconderse entre sus flores.
—un millón!— contó la locura, y comenzó a buscar…
La primera en aparecer fue la pereza a tres pasos de una piedra, después se escuchó a la fe discutiendo con Dios en el cielo. Sintió vibrar a la pasión y al deseo en los volcanes. En un descuido encontró a la envidia y claro que pudo deducir dónde estaba el triunfo. Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo, él solito salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas.
De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la belleza.
Con la duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada en una cerca sin decidir aún en qué sitio esconderse… y así fue encontrando a todos.
Al talento entre la hierba fresca, a la angustia en una oscura cueva, a la mentira detrás del arco iris (mentira, estaba en el fondo del océano) y hasta al olvido, a quién se le había olvidado que estaban jugando a las escondidas.
Sólo el amor no aparecía en ningún sitio. La locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta y en la cima de las montañas. Cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal, tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas. De pronto de escuchó un doloroso grito. Las espinas habían herido al amor en los ojos. La locura no sabía qué hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo. Desde ese entonces se dice que el amor es ciego, y la locura siempre lo acompaña.